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Nuestros destinos y viajes desde otro punto de vista, tal y como lo vivimos nosotras.

Etiopía, el país de la sonrisa

Hace ya dos meses que volvimos de Etiopía. Y aunque siempre se le ha conocido a Thailandia como "el país de la sonrisa", creo que el verdadero es éste.

Un viaje que deja huella, uno de los destinos más auténticos y conmovedores.
Hablamos de Etiopía, la tierra de nuestros orígenes, la cuna de la humanidad..., un viaje intenso en el que hemos disfrutado de sus tradiciones, cultura, paisajes, y, sobre todo, de su gente.

Si os hablase de un país verde, lleno de agua y cultivos por todas partes..., ¿pensaríaias que os hablo de Etiopía?, pues así es.

Es un destino fascinante, pero no para quien busque confort. Es un viaje para los que quieren conocer otras realidades y conocerse a sí mismos un poquito más, es casi, un viaje de instrospección. Hemos aprendido que, muchas veces, nos quejamos de tonterías. Y hemos conocido la generosidad de aquéllos que no tienen nada.

Vamos poco a poco, resumiendo el recorrido que hemos hecho nosotros, que es muy completo, Norte y Sur.

La noche de llegada la pasamos en Addis Abeba, la capital, simplemente para descansar y comenzar nuestro periplo al día siguiente.

Volamos a Bahar Dar, ciudad conocida por albergar el impresionante Lago Tana, con sus islotes llenos de iglesias y monasterios; y por encontrarse a tan sólo 30 kilómetros de las preciosas cataratas del Nilo Azul. Eso sí que no se lo espera nadie, cruzar el río en una barquita de holajata, y dar una pequeña caminata por el monte y el puente colgante rodeando las cataratas..., no tiene precio.

De Bahar Dar, tras 3 horas de carretera, llegamos a Gondar, donde conocimos su complejo de castillos y la piscina del Rey Fasilidas. Gondar fue la capital de Etopía en el pasado, y tiene el primer castillo de la historia de África.

De Gondar nos fuimos a Lalibela. Este recorrido es de los más largos, pero impresionantemente bonito. Pensad que pasamos cerca de montes de más de 4.000 metros de altitud.

Lalibela, como muchos sabréis, es famosa por las iglesias excavadas en pura roca basáltica. Son sencillas, a la vez que majestuosas..., místicas, realmente tienen magia. Impresionantes también los túneles subterráneos que comunican unas con otras. Cabe destacar también la Iglersia de Nakute Laab, construida en una cueva, donde fuimos bendecidos por el sacerdote, no con unas gotitas de agua bendita, sino con casi un vaso entero :)

He dejado grandes amigos en Lalibela. Cómo no..., les dejé que me hicieran hasta trencitas, como se peinan ellas.

Dejamos el Norte y comenzamos la aventura por el Sur. Cambiamos los dos coaster por seis 4x4, y llegamos a Arba Minch, ciudad que se encuentra a los pies del Nechisar National Park, a orillas del lago Chamo, donde, navegando, hicimos un safari para avistar cocodrilos e hipopótamos.

En este punto ya comenzamos con la primera etnia, los Dorze, conocidos por sus coloridas túnicas de dibujos geométricos. Aquí aprendimos a hacer un pan de falso plátano buenísimo. Gente muy simpática y acogedora, que nos invitó a probar el orujo casero que hacen en el poblado, y a bailar con todos ellos, niños y mayores.

Nuestra siguiente parada fue en Turmi, tierra de los Hamer. Poco antes de llegar, ya comenzamos a cruzarnos por el camino con los Banna, de la familia de los Hamer. Gente tremendamente hospitalaria, que miraban asombrados a los móviles, y les encantaba verse en la foto. De camino fuimos a conocer a los Konso. En Etiopía hay muchos niños, sí, pero creo que la mayoría están aquí, en Konso.

Al día siguiente, desde Turmi también, cruzamos el río Omo en troncos vacíos (sólo se nos veía hombros y cabezas), para ir a visitar a los Dassanech. Es un pueblo ganadero, pero también realizan cultivos estacionales que coinciden con las crecidas del río y las inundaciones de sus márgenes. Nada más llegar, me apadrinaron un par de niñas preciosas, que me acompañaron por todo el poblado, una de cada mano, con unas sonrisas de esas que te llegan a lo más hondo.

Qué decir de los Hammer y los Mursi. Los primeros, caracterizados sobre todo por las trencitas color ocre que llevan las mujeres; y los segundos, por los platillos con los que decoran sus orejaas y labios, algo realmente impresionante. Me miraban los lóbulos, curiosos, me los tocaban. Yo les miraba de reojo, a ver si me venían con algún platillo!!! Se reían.

En cuanto a las carreteras, malas, nunca había visto tantos rebaños de burros, cabras, y vacas, con prioridad sobre los vehículos además. Y qué decir de los burros-cisterna, los burros con gps, que se saben ellos solos el recorrido, desde el río hasta su casa.

En fin, un destino que repetiremos con mucha ilusión.

Un abrazo,

Marta Vidaor

 

 

 

 

 

 

 

 

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